Conóceme:

“Me convertí en viajero sin ser consciente de ello, sin buscarlo; simplemente ocurrió.

A la edad de 11 años, en octubre de 1983. Era ya de noche cuando el avión de Iberia procedente de Madrid aterrizó en el Fiumicino de Roma.
Nada más llegar al edificio de la terminal me topé con carteles escritos en italiano, vi los uniformes de los policías, escuché otra lengua… Y sentí una emoción indescriptible.
Era mi primer encuentro con ese otro del que habla Kapuzcinski, a una edad en la que todavía no se sabe nada o casi nada de la vida. Y, sin embargo, algo en mi interior se abrió paso con fuerza; una idea, un sentimiento, una necesidad…

De alguna manera, aquella tarde noche de octubre, en aquel aeropuerto, supe que ya jamás dejaría de viajar, de salir al encuentro del otro, de llegar a terminales de aeropuertos en los que idiomas, olores, vestimentas y miradas me sorprendiesen.

Aun lo pensaba años después cuando atravesé la puerta de otra terminal en un aeropuerto aún más lejano: otro idioma, otros olores, otros uniformes de policía, otras miradas…

Era junio de 1990, había decidido conocer mundo antes de ir a la universidad, estaba solo y aquello era Nueva York. Sentí tanto vértigo, tanto miedo y tanta soledad, que supe que lo único que podía hacer era empezar a caminar sin echar la vista atrás, o me volvería a casa y habría fracasado.

Tenía dieciocho años y, sin ser consciente de ello, acababa de comenzar un viaje iniciático que marcaría el rumbo de mi vida y me transformaría profundamente.

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Ahora, treinta y tres años después, echo la vista atrás y tomo conciencia de que soy muy afortunado.

He recorrido el mundo, cruzado sus mares, subido sus montañas y atravesado sus valles, me he enamorado profundamente de sus desiertos y he aprendido geografía e historia sobre el terreno; y he conocido tanta gente maravillosa que necesitaría varias vidas para poder devolver toda la hospitalidad, el respeto, el cariño, las sonrisas y los abrazos que he recibido.

Porque después de más de media vida viajando, descubriendo rincones perdidos, abriendo rutas y liderando expediciones y viajes puedo afirmar, sin ninguna duda, que el bagaje de mi vida es no sentirme extranjero en ninguna parte.
Y ese es el mayor de los privilegios.

 

Y es ahora también cuando siento la necesidad de compartir tanta riqueza, tantas experiencias, tantos viajes…

Porque viajar solo es necesario, muy necesario, pero compartir con los demás esas vivencias es mucho más enriquecedor.”

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